miércoles, 22 de julio de 2009

trabajar

“…Yo no doy nada por sentado en mi vida. Todo lo que hice a través del tiempo me ha costado mucho esfuerzo y mucho trabajo y siempre lo digo y trato de enseñárselo mis hijos. Me parece muy importante el concepto de trabajo. Todo es trabajo: las relaciones de pareja son trabajo, las relaciones entre amigos son trabajo. Entonces, será mejor que te guste trabajar en la vida, porque sino estás en problemas. Pienso que el mundo hoy día está en un momento de transición. Cuando yo crecí estábamos descubriendo todo: era la época de los Beatles, del Che Guevara, de ir a la India y aprender filosofías orientales, de experimentar con drogas, de los primeros gritos de la ecología. Fue un período increíble en el que intentamos cambiar el mundo y en buena medida lo conseguimos. Lo que sucede es que esos cambios se han integrado, se han incorporado; hay muchas cosas que cambiaron. Por ejemplo el concepto de religión y la forma en que nos relacionamos con ella ha sido profundamente influenciado por las culturas de Oriente. Por otro lado, Los Beatles le gustan a mis hijos! Pero en esta transición actual no sabemos muy bien qué está pasando, ni adónde vamos. Algo está por suceder pero no sabemos bien qué. Entonces, en este momento es bueno tener un rato para disfrutar y acordarte de lo linda que es realmente la vida. Y nosotros llevamos eso con nuestra música y siento que las barreras entre los países y culturas que en apariencia son distintas se rompen en todas partes…” Gustavo Santaolalla, entrevista, en Clarin del 21-7-09.

jueves, 5 de febrero de 2009

enero bajo cero bologna

juan gonzález moras


Solicitantes

Cómo volver del amor,
cómo volver del destierro;

(Cómo se vuelve de caminar las calles
de la palidez o de la insolación)


Cómo salir del adentro
cómo entrar a la tierra del fuego.

(Cómo se vuelven a explicar las noticias
que nos dejaron pájaros o ángeles o vírgenes)


Cuando cada oración cada traición
cada anochecer de los ojos es el día.

Cada canción, el idioma de los solicitantes.



Cosas y vestigios

Cuánto reparar en
innumerables caídas de la luz.
Para después seguir
reparando en lo mismo. Y más,
después crecer creyendo en las
caídas de la luz. En los
ángulos. Los obtusos puntos de vista.

Pero la luz, corazón mío: pero la luz.
Y el color. Y el fantasma de lo descolorido en los ojos.

Cada vez que tu nombre existe;
cada vez que existen los nombres, y cada cosa es.

Los cuerpitos de las algas, como cosas.
Las veces que
pudimos caminar construyendo
andamios por sobre la vida. La alegría
como una cosa, y el placer. La tristeza
como otra cosa. Y el olvido.
Las vidas que nos dejaron
abrazar nuestros brazos. Y caminar nuestros ojos.

Me pregunto: ¿qué fue de tus días
como espiral de latidos, como divergencia, como separación, como antagonismo?


Guardo la notte

Mirando la noche
como a una cosa separada
de las cosas.
Miro la noche como a
la realidad de una espera.
Como la confluencia de la
mirada, fuera del día, en
aquello que no es el
resto de las cosas.

Las pocas luces dejan
adivinar las casas. Y yo invento la noche.
Solo para dejarme también
en un espacio inventado. En la
voluntad. La desmedida. Voluntad.
De ser yo ahora,
también, un invento de tus ojos

que siguen siendo a la distancia.


del poemario "enero bajo cero bologna", inédito.

lunes, 29 de septiembre de 2008

martes, 6 de mayo de 2008

arrecifes

juan m. gonzález moras


Páramo


Vastedad y páramo.
La lengua se
hace piel.

La voz, carne.

Aliento
sostenido en el olvido.
Gesto cruel de

conservar ninguna
espera.

Ningún lugar donde
moverse estando quieto.



Canción



Húmeda porción de vacío
cuando transitar es sudar es sentir
grises que no encienden.

Piedra humedad entonces
que sos lágrima ausente.

Una canción que fuera el mundo.



Iluminar



Vas a iluminar las
miradas que perdí.
Mis cosas. Vas
a terminar, también,
con el viento que
ríe. Como una hiena.



Deambulante


desposeído
como desposeído
deambulo

como un lagarto
deambulo

como acariciando otros lugares
como navegando
andar así navegando
como ensimismado
cada uno como cada cual en su divague
como una pelota o un lagarto

después llega el olvido
como cuando llega tu hora

como desvalijado
o desposeído vas

y deambulamos

movemos los ojos para adentro
en otros lugares
salimos al encuentro de tiempos de paisajes
que fueron
que son en nuestra ausencia

y deambulamos
andamos perdidos
como perdidos
en una tierra que no nos pertenece

aunque soñemos


(del poemario arrecifes, inédito)

jueves, 27 de marzo de 2008

En el camino (encuentro con Dylan)

Juan González Moras

Escribo unas pocas cosas sobre el encuentro con Dylan, solo porque me apremian ciertas imágenes y sonidos. Ciertas sensaciones –quizá- no vividas anteriormente. Porque si algo fue o resultó para mí ir a su recital en Buenos Aires fue eso, un encuentro. Toparse con algo (que es todavía más que alguien) inclasificable, denso e increiblemente luminoso (todo a la vez).

Lo primera cosa que me ronda desde que caminaba entre la gente saliendo del estadio, es que tocó y cantó una sola canción que duró dos horas o un poco más. Eso fue, ni más ni menos, el recital. Una parada brava que propone un tipo grande, viejo, y que nos deja en una encrucijada.

Una canción que cuenta una historia que ni siquiera llegamos a entender en palabras, pero que resulta muy clara en los gestos, los modos, los tonos, los colores usados.

Una canción que sube y que baja, que se electrifica y adopta los modos más básicos del rock, del country & western, o que se hace balada, canción, boogie. O blues. Pero que es una canción que cuenta siempre una urgencia, incluso en el modo más lento y suave que pueda adoptar.

Una canción que es siempre, entonces, parte de un relato más grande. Que pretende abarcar o abrazar una larga historia, a partir de historias más pequeñas.

La segunda: en esa propuesta no hay lugar para artilugios. Para el show o el espectáculo. La música es el centro y lo gana todo. Sonido impecable para una banda que maneja los tiempos, pero fundamentalmente, los volúmenes y las tensiones, con maestría, en torno al maestro.

Una banda que puede susurrar o levantar polvareda. Pero que se reune, en todos los casos y durante todo el recorrido, en torno al maestro, puesto esta vez a tocar, durante casi todo el recital, el órgano.

La tercera y última: esa voz. No soy un verdadero conocedor de todos los Dylan que dicen –eso sí lo he leído mucho- han existido. Pero en el cuerpo de esa persona vieja y elegante entra una voz que realmente no hubiera imaginado. Menos aún, luego de escuchar modern times, de hace tan poco tiempo y donde suena con mucho de ese fraseo pero alguna octava más arriba.

La voz es o sigue siendo, increiblemente, la gran apuesta de quien nunca fue reconocido como un gran cantante. Y, evidentemente, lo que dice esa voz sonando –rugiendo casi- de esa manera.

Esa voz está puesta ahí, porque en ningún momento se nos da a pensar que Dylan, ese Dylan, ya no puede cantar aquello que cantaba. Porque, en realidad, ese Dylan cantó a toda voz durante más de dos horas.

El tema es que cantó, canta, ahora, de esa manera. Corto, con frases como látigos, casi sin melodías o modulaciones (o mejor, sólo apelando a la melodía en algunos momentos magistrales). Diciendo. Tantas cosas.

La manera que encuentra, ahora, de seguir en el camino (su camino) sin conceder nada a nadie. Y mucho menos a la nostalgia, a cualquier tipo de revisionismo. Una manera de seguir creyendo que esa canción puede y debe seguir siendo escrita y cantada.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

miércoles, 5 de diciembre de 2007

anaranjado color de tempestad (fragmento)

juan m. gonzález moras


Parte Tercera.

Bocetos.

(carbonillas; óleos; acuarelas)

1.

Caía. el tierno azul de la mañana en los bardales de las calles, oblicuas. Tallos, pasteles de todos los verdes y árboles, creaban informes edificios vegetales. Crestados. por penachos flexibles y bifurcados: por laberintos de leñosidades rojas. Esto bajo el aire que ondulaba suavemente. Esto de tal forma que esas fantásticas construcciones de botánico, de azar, parecían flotar en una atmósfera de oro. Que tenía la lucidez vítrea de un cristal cóncavo. Reteniendo en su esfericidad el profundo hedor de la tierra.

2.

Una muralla eterna circunda el desierto. a la orilla del mar, el cielo verde se oxida en los ladrillos del muro. Y en las paredes de las torres rojas, las olas. entrechocan miríadas de peces gordos y tuertos; mientras que un negro hidrópico amenaza con el puño a un ídolo de sal.

3. i.

Camina despacio. Aquellos túneles vegetales le dan la sensación de un trabajo titánico. y disforme. Mira deleitado. los senderos de grano rojo, en los parques. Que avanzan sus láminas escarlatas que avanzan hasta los prados, que avanzan manteles verdes, esmaltados, de flores violáceas, que avanzan o amarillas o rojas (y si levantaba los ojos, se encontraba con aguanosos pozales en el cenit).

ii.

Y si levantaba los ojos, se encontraba con aguanosos pozales en el cenit. que le producían un vértigo de caída, pues de pronto el cielo en caída, pues de pronto el cielo. desaparecía. en sus pupilas (y le dejaba en los ojos una negrura de ceguera) y un cielo en caída desaparenciendo.

iii.

Y si levantaba los ojos, se encontraba con aguanosos pozales en el cenit, aclarándosele el pensamiento. en un furtivo mariposeo de átomos de plata que a su vez se evaporaban. que avanzaban violetas. o amarillos o rojos. Transformándose en terribles azulencos ásperos y secos, ahora en lo alto, como cavernas de azul de metileno.

iv.

Y el placer. Que la mañana suscitaba el él. El goce nuevo, soldaba los trozos de su personalidad, rota. Y sentía que su cuerpo estaba.

4.

Por la entreabierta puerta de vidrios opacos siente que su cuerpo está. penetra. un rayo de sol que como una barra de azufre cercena en dos la atmósfera azulosa. penetra. y su cuerpo está.

5.

Piensa en la deliciosa criatura. Y se la imagina, soportando. A ese bruto bajo un cielo oscurecido por grandes nubes de polvo e incendiado por un sol amarillo y espantoso. Ella se marchitará. Como un helecho trasplantado a un pedregal.

6.

Al amanecer, en la sala. (Algo de) la luna pone un rectángulo azul en el encalado del muro frente a la cama. A través de los barrotes de la ventana abierta se ve el cielo encuadrado por el contramarco. Un cielo poroso y seco de azul como yeso teñido de metileno. En el retículo de los hierros tiemblan los hilos de agua de una estrella.

7.

Rueda la luna sobre la violácea cresta de una nube; avanza. las veredas, a trechos, bajo la luz lunar, están cubiertas de planchas de zinc. Los charcos centellean profundidades de plata muerta, lamiendo los cordones de granito.


(“Anaranjado color de tempestad. Reescritura poética sobre textos de Roberto Arlt”, con prólogo de Leónidas Lamborghini, fue publicado por la Editorial Paradiso, en Buenos Aires, en el año 2001)